ATAN

La Ecología y el Ecologismo.

La distinción entre ecología y ecologismo es muy vieja. La primera, la ECOLOGÍA, inició su andadura como una nueva manera de estudiar el complejo mundo de los seres vivos. El zoólogo alemán Ernst Heinrich Haeckel (1834-1919) fue el primero en definir el término ecología: “ "Entendemos por Ecología el conjunto de conocimientos referentes a la economía de la naturaleza, la investigación de todas las relaciones del animal tanto con su medio inorgánico como orgánico, incluyendo sobre todo su relación amistosa y hostil con aquellos animales y plantas con los que se relaciona directa o indirectamente. En una palabra, la ecología es el estudio de todas las complejas interrelaciones a las que Darwin se refería como las condiciones de la lucha por la existencia". La ecología es, por tanto, una rama de las ciencias biológicas que abre nuevas enfoques científicos a la hora a de abordar la naturaleza. El impacto de esta manera de analizar los seres vivos en la sociedad ha sido enorme. Términos propios de la nueva ciencia se incorporan al lenguaje cotidiano, palabras como ecosistema o cadena trófica son de uso corriente en el español actual. Pero la investigación de los ecólogos ha puesto en evidencia que los ecosistemas que, no solo cambian por causas naturales, las actividades humanas desde el neolítico (su impacto es muchísimo mayor desde que se inició la revolución industrial) son la causa de las modificaciones e, incluso, de la desaparición de una parte sustancial de los ecosistemas que coexisten en la biosfera. En el siglo XIX otras ciencias tuvieron en cuenta en su análisis en creciente impacto que tenía en los espacios naturales las actividades humanas, es el caso de algunos socialistas utópicos como Fourier y, sobre todo, de los geógrafos de inspiración anarquista como el francés Eliseo Reclús: ( 1830-1905) “ Hace algunos años, después de haber escrito las últimas líneas de una larga obra, La Nueva Geografía Universal, expresaba el deseo de poder un día estudiar al Hombre en la sucesión de las edades, como le había observado en las diversas regiones del Globo y establecer las conclusiones sociológicas a las que había llegado. Trazaba yo el plan de un nuevo libro en el que se expondrían las condiciones del suelo, del clima, del todo el ambiente en que se han cumplido los acontecimientos de la Historia, donde se mostrase la concordancia de los Hombres y de la Tierra, donde todas las maneras de obrar de los pueblos se explicasen, de causa a efecto, por su armonía con la evolución del planeta”.

El espectacular crecimiento económico que ha conocido el mundo desde la finalización de la Segunda Guerra Mundial mostró que el consumo intensivo de energía, de materias primas no renovables, la creciente emisión de residuos y la alteración irreversible de extensas superficies de la tierra tenía que tener un límite; pasado el cual, el riesgo de colapso del sistema de la biosfera ponía en peligro la propia supervivencia de nuestra sociedad. La respuesta social ante la gravedad, cada día más evidente, se ha plasmado en nuevos enfoques científicos y en la aparición de un movimiento social, de ideología más que difusa confusa, y que tiene como referencia su rechazo a un sistema que altera irreversiblemente los ecosistemas naturales y el futuro de las nuevas generaciones. Así, la Ecología, que nace como una ciencia de la naturaleza, adquiere su vertiente de ciencia social. Economistas, físicos, químicos, geógrafos, agrónomos, arquitectos, ingenieros... se “contaminan” con los análisis provenientes del la ecología. Esta nueva realidad se concretará con el primer informe del Club de Roma en 1972 y en la conferencia de Estocolmo pocos años después. Como dijo el premio Nóbel de física Dennis Gabor en 1978: “ En el mundo actual todas las curvas son exponenciales. Las curvas exponenciales solo en matemáticas crecen hasta el infinito. En la vida real o se derrumban catastróficamente o se saturan suavemente. Nuestro deber como seres racionales es dirigir nuestros esfuerzos hacia una suave saturación, aunque esto plantea nuevos y difíciles problemas.” Así pues, ciencias ajenas a los estudios de la naturaleza tienen que hacer frente a problemas ambientales y a los cambios producido por las actividades humana. Es la razón por la que la ecología deja de ser el patrimonio de los biólogos para asumir su otra cara, la social, la “ecologista”. Esta realidad está plasmada en los acuerdos internacionales como el de Kioto suscritos para hacer frente a los problemas “ecológicos”.

El movimiento “ecologista” no tuvo ni tiene unas características homogéneas. Se pueden agrupar las tendencias en tres: En la primero entrarían todos los grupos que en mayor o menor medida son los herederos de la extrema izquierda de los años sesenta. Para éstos, la ecología es solo una manera de justificar su propia existencia y un banderín de enganche. Sus propuestas abarcan todos los ámbitos de la sociedad; aunque no se presenten como tales, en la práctica funcionan como partidos políticos. En segundo grupo estarían las asociaciones estrictamente defensoras de la naturaleza. Estas entidades (entre las que se incluye ATAN) acogen a las personas de diferentes ideologías, pero unidas en sus interés por la naturaleza y por dedicar parte de su tiempo a promover su respeto y velar por la integridad de los ciclos de la que hacen posible la existencia de nuestra sociedad. Por su propia esencia en estas asociaciones la opinión, la denuncia y la participación está limitada a lo estrictamente “ecológico”, tanto en su vertiente natural como la social. Por tanto, estas asociaciones no participan en plataformas o actos de contenido ajeno a sus objetivos, ya sea el problema del aborto, el derecho de autodeterminación, el sistema electoral o los derechos de los homosexuales. Son los socios son los que tienen opinión sobre estos temas. El tercer grupo está constituido por los partidos políticos. Todos, sin distinción de ideologías, incluyen un capítulo dedicado al medio ambiente. Pero hay algunos que tiene en esta defensa como su seña de identidad, el núcleo de su programa, son los partidos verdes. Éstos, ha diferencia de las asociaciones ecologistas, quieren llegar a gobernar y ello implica tener un programa, unas propuestas, para todos los temas que afectan a la vida política.

El término ecologismo, por tanto, engloba opciones muy diversas y, en consecuencia, se presta a confusión. Esta circunstancia facilita su difamación y, también, que algunos constructores, políticos, periodistas, medios de comunicación o científicos de reconocido prestigio esgriman descalificaciones globales al “movimiento ecologista” como único argumento para justificar determinadas obras y actuaciones en Tenerife.

El proyecto de macro puerto en Granadilla está resultando un ejemplo perfecto de las distintas interpretaciones que se dan en nuestra sociedad sobre ecología y ecologismo. Frente a los argumentos económicos y ambientales esgrimidos por los opositores, los partidarios no han encontrado otro recurso que el juicio de intenciones, la mentira y el principio de “autoridad”. En unas recientes declaraciones Luis Suárez Trenor al periódico digital Canariasahora decía “que los ecologistas honestos, que deben ser un montón y a lo mejor la mayoría, tienen derecho a expresarse, pero no a convertirse en una arma política o de desprestigio.” ¿Qué entenderá este señor por “arma política o de desprestigio? Resulta revelador que niegue el derecho, reconocido en la Constitución, de la participación de los ciudadanos y de sus asociaciones en los asuntos públicos, en la vida política. Dice que tenemos derecho a expresarnos ¡faltaría más! Y es, al mismo tiempo él, la Autoridad Portuaria de Santa Cruz, quién decide qué es opinable. Esta muestra de ignorancia de la esencia de un estado de derecho queda subrayada cuando, en esta misma entrevista, comenta la situación política del gobierno canario: "No creo que haya un cambio de Gobierno. La situación es ideal: echamos la culpa de todo a los tres consejeros del PP, nos llevamos bien con el PSOE y no dejamos crecer a ninguno". Deja bien claro su manera cínica (y antidemocrática) de entender la política y, por supuesto, su escasa capacidad de argumentación. Es incapaz de encontrar algo más convincente a favor del puerto de Granadilla que frases como esta: “Santa Cruz de Tenerife tendrá un límite en algún momento” ¿Cuándo? ¿Dentro de 10, 40 o 100 años? No aporta un solo dato que confirmen tan vagas palabras.

No le podía faltar al señor Trenor el recurso al argumento de autoridad, el menos científico de los argumentos: “Tengo aquí unas declaraciones de Antonio Machado, un reconocido biólogo y profesor de la Universidad de La Laguna, que dice que en la ecología ha habido un exceso no justificado y que la universidad no prepara ecologistas sino ecólogos, que son dos cosas distintas como los sociólogos y los socialistas”. Pero este eminente naturalista no actúa como un científico, como un ecólogo, cuando opinó sobre el puerto de Granadilla o sobre el escaso impacto de la prevista (afortunadamente rechazada) base de lanzamiento de satélites en El Hierro. Los científicos como tales no dan opiniones, emiten informes basados en datos que pueden ser contrastados. Para el señor Trenor, incapaz de rebatir, se escuda en la respetable opinión del doctor Machado, pero como escribió el padre de la Ecología en España el recientemente fallecido Ramóm Margalef, : “La ecología trata de comprender cómo los organismos, que otras ramas de la biología estudian uno por uno, se insieren en el mundo real. Estos conocimientos pueden ser interesantes para el hombre, como especie biológica. En todo caso, las decisiones hay que tomarlas a otro nivel: el ecólogo aspira a ser oído, pero su opinión personal no tiene más valor que la de otro ciudadano cualquiera.” Lo mismo que la de cualquiera de los más de cincuenta mil firmantes de la iniciativa legislativa popular que pide que se declare esta zona espacio natural protegido porque consideran que vale la pena conservar los ecosistemas y las playas que el puerto haría desaparecer.

Eustaquio Villalba Moreno
Portavoz de ATAN

24 Octubre 2004


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